casi ochenta. - sin_título
15516
single,single-post,postid-15516,single-format-standard,ajax_updown,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode-child-theme-ver-1.0.0,qode-theme-ver-9.1.2,wpb-js-composer js-comp-ver-4.11.2,vc_responsive

10 Oct casi ochenta.

((dedicado a J.S.))

 

Casi ochenta. Dice eso mi carné de identidad. Pero es mentira. La mentira de los que decidieron consignar con un número sólo cuánto mide la vida de alguien. Por ejemplo esta mía, propia, en la que habito de alquiler. Ochenta casi. ¿Y qué más da? Qué tonto sistema de medida hemos inventado que emparenta números y métricas con asuntos inasibles sobre los que no podrían nunca posarse las cifras, los cientos de miles de millones, las bandadas de imaginarios centímetros voladores que planean ahora, mientras lo pienso, en mi imaginación.

Mi vida no mide nada, no son años que han pasado ni temporada próxima, ni una carretera entre dos comarcas ni un agradable paseo ni una tira de vis cómica. No tiene longitud ni capítulo seis, no es distancia o bisectriz de nada. Sigo respirando ajeno al tiempo porque ‘tiempo’ es una palabra que no es, que resiste invisible cuando la pensamos pero se evapora gas al ser pronunciada.

Y entonces qué.

Qué soy, me digo a menudo.

Desde luego quien desee saber de mí que abandone mejor todos estos números ridículos, que olvide las tallas, el peso, el pin y el percentil, el póker de dígitos que tenemos todos como clave secreta. Yo no soy combinación azarosa de ceros y unos o un ‘mil novecientos qué más da’. No tengo aniversario ni edad; ningún código genético me atina; ningún euro cuesto; ningún dólar -ay- me duele.

Si sois tan amables, en el mueblecito de la entrada dejáis entonces todas las matemáticas que hicisteis sobre mí, sumando y restando montañas de contabilidad absurda. Y justo al lado, en el cajón de la izquierda del aparador azul, colocáis también por favor las palabras huecas que me adosaron tantas veces, los adjetivos redundantes y adhesivos, la colección inservible de letras, clichés y dejes hipertrofiados incapaces de definir a nadie. Todas esas palabras ciegas que me han mirado:

‘vida’,

‘suerte’,

‘felicidad’,

‘pena’.

Es decir: ‘nada’. Tirad todas estas baratijas. A la pira todas las palabras pesadas, enciclopédicas. Clichés, prejuicios chatarra, heredada inventiva. Quemad con incienso la historia escrita sobre mí con palabras viejas, rimbombantes, y colocaos esta mirada recién nacida que ve lo que hay en realidad, de cerca, en esto que soy. Vamos. Y pasad, pasad, por favor. A mi lado escucharéis una autobiografía. En ella, con el debido respeto, intentaré dibujaros el hormigueo que cerca estos días mi corazón nuevo, este borboteo incesante, las células e instintos salvajes que siento ahora y que proponen irracionalmente en mi paisaje infantiles manchas color carmín, magentas y fluorescentes cielos que harán porvenir, aire fresco iluminado.

Claro que soy optimista. Claro que estoy poesía. Son precisamente esto, las metáforas, lo único que tengo, el remedio que puede mostrarme tal cual no veis, la llave que habrá de abrir al público la exposición que soy, el museo de enormes espacios y galerías que somos vosotros y yo. Este bisturí de Lengua, que corta tanto, me servirá para enseñarme por dentro. Da igual si no me creéis,  quemamos antes las palabras ‘verdad’, ‘mentira’. Acercaos, acercaos a mí, perded la perspectiva. Más cerca. Más. Mirad.

Esta piel es la frontera, la cubierta del libro. Con las yemas de los dedos comenzáis a leer si abrís. Pasad. Dejad afuera las miradas hiperrealistas, hienas salvajes, científica nitidez. El mundo atrás; delante párrafos de vida. Despojaos del contexto y de vuestra humana gravedad. Aquí es música el aire y caminamos sobre un piso mullido, blando, como un lienzo terreno indeterminado. Id descalzos de todo y disfrutad de las maravillas y de estos miedos terror. Lo dispuse todo en salas, y las salas en plantas, y las plantas en edificios, y los edificios en ciudades de cristal.

No Comments

Post A Comment